La persona con quien va a casarse es un producto de sus influencias, sus antecedentes y las decisiones que han tomado. Cada persona en el planeta tiene diferentes modos y preferencias de cómo hacer las cosas, cómo piensan, y cómo procesa información. Esto es natural a la persona, familiar, y válido. Cuando nos casamos es fácil malentender las preferencias de nuestro cónyuge y puede ser un origen para la frustración: “Porqué lo hace así?”, “Porqué dice cosas como esas?”, “Porqué no lo hace eso como yo?”, “Porqué no se relaje?” A veces las maneras en como hacen las cosas o su comportamiento es una de las razones que se enamoró: “Ella dijo lo que pensaba”, “Ella fue muy espontanea”, “El tenia habilidades de liderazgo”, “El me hizo sonreír”. Pero después de cinco años esas características puede ser un origen de frustración: “Ella tiene un opinión sobre todo”, Ella esta siempre tarde y es un poquito irresponsable”, “El es un mandón”, “El nunca toma las cosas en seria”.

Cada pareja en el mundo tiene diferencias irreconciliables. Estas diferencias irreconciliables ya existían antes, durante y después de la boda y tratar de cambiar a su cónyuge sería inutil. Si, los polos se atraen. Eso puede explicar como una mujer superorganizada puede casarse con un hombre que nunca hace planes. Las diferencias inicialmente nos atraen, después no irritan, frustran, y finalmente pueden darnos luz y unirnos. Las similitudes nos sacian y las diferencias nos atraen. Debemos aprender como aceptar, sin condiciones, las diferencias y ver a nuestro cónyuge como un regalo de Dios hecho a su imagen, no a la nuestra. Si puede acomodarse cada uno al lado extraño del otro y manejarlo con cariño, afecto y respeto, su matrimonio puede florecer.